La Ficción del Mercado Global

por Christian Wiener F. (*)

Hace algunos días, Mario Vargas Llosa publicó en su habitual columna del diario El País de España, una curiosa nota titulada La excepción cultural (1). En ella, el autor de La Casa Verde arremete contra la reciente movilización de intelectuales, artistas, empresarios y políticos franceses en defensa de su producción cultural, y demandando que la producción cinematográfica y televisiva gala sea excluida de los acuerdos del GATT sobre la libertad de comercio.

El tema es de plena actualidad, porque en las negociaciones que se llevan a cabo actualmente en Ginebra para la liberalización del comercio internacional, uno de los puntos  que enfrenta a la administración Mitterrand con la de Clinton  -aparte del complejo tema agrícola- es el frente cultural. Para los franceses la producción audiovisual y su distribución no puede considerarse una mercancía sujeta al libre mercado como propician las compañías productoras de cine y televisión norteamericanas. Cables internacionales mencionaban que el martes 28 de septiembre m s de 4,000 artistas, autores y productores del conjunto de Europa y no sólo de la Comunidad, comenzaron una campaña en favor de la introducción de una cláusula de excepción cultural “sin limitación en el tiempo” en los acuerdos sobre la liberalización del comercio mundial que debe ser concluido, bajo los auspicios del GATT, antes de finales de año.

En una declaración publicada en los diarios Le Monde, Le Figaro, La Reppublica y The Independent,  cineastas y artistas como Pedro Almodóvar, Jean Jacques Beineix, Jean Paul Belmondo, Jean Luc Godard, Gerard Depardieu, Jeanne Moreau, Roman Polanski, Volker Schlondorff, los hemanos Taviani y Liv Ullman, entre otros,  denuncian que “en materia de cine y televisión la posición tomada por las grandes compañías americanas, integralmente sostenidas por la Administración Clinton no deja lugar a ninguna duda: el objetivo americano es el de consumar la conquista de un mercado que dominan casi por completo, aniquilando de esa manera toda fuerza de creación en Europa”.

Los Estados Unidos buscan abolir las distintas medidas de protección que la CEE y particularmente Francia han establecido en favor de la producción europea y nacional. Una de esas directivas es la cuota de pantalla en las salas de cine, otra, la obligación de los doce a reservar sobre sus respectivos canales el 51% de sus tiempos de emisión a la transmisión de producciones autóctonas.

Vargas pretende ironizar esta campaña, presentándola como una cruzada chauvinista y retrograda del gobierno y la sociedad francesa, que incluye gente de distintas posiciones políticas. Ellos, supuestamente en nombre de “lo francés”, pretenden limitar el acceso norteamericano a su mercado porque se autoconsideran culturalmente superiores al Parque Jurásico, Bajos instintos, Miami Vice ó Rambo 4 (olvidando la basura que también se produce en su cine y televisión). Sin embargo todo este patrioterismo cultural no pasaría de ser una estratagema de los empresarios audiovisuales franceses que no quieren enfrentar el mercado norteamericano  y “a los que la idea de una apertura total del mercado nacional a la competencia estremece de pánico”.  En suma, empresarios rentistas y mercantilistas que defienden la libertad de comercio para los otros pero aspiran a tener un mercado cautivo para sí mismos.

EL CINE NO ES SOLO UNA MERCANCIA

A simple vista, la argumentación de Vargas parece correcta. Efectivamente, sí el cine, como las otras artes,  es sólo una mercancía a nivel de las bacinicas, computadoras, electrodomésticos, automóviles, licores o perfumes; ¿por qué debería tener un régimen privilegiado? ¨¿y por qué‚ no se somete, como los otros productos, a las leyes del mercado consagradas por el catecismo neoliberal a nivel mundial?

El problema es que el cine, como las otras artes, es algo m s que una mercancía, expresa un modo de vida, una idiosincrasia, unos valores y una identidad nacional. Es una industria cuyo valor no es sólo comercial o cultural, sino  estratégico, tanto a nivel político como geográfico o social. No por gusto, para el imaginario popular los Estados Unidos se asocian a John Wayne, Marilyn Monroe o Bogart; Francia a Jean Gabin, Simone Signoret o Brigitte Bardot; Italia con Sofia Loren, Marcelo Mastroniani o Vittorio Gassman o México con Pedro Infante, María Felix ó Cantinflas. Y la mejor prueba de su importancia “nacional”, fu‚ la política del gobierno norteamericano, que durante muchos años promovió medidas proteccionistas para su cine frente a la producción mundial (difundiendo a lo largo del mundo el “american way of life“).

Además, al banalizar al extremo la función artística,  Vargas Llosa pone en cuestión su propia condición de escritor, intelectual y conciencia social (y que lo llevó a postular a la presidencia del Perú) ya que, siguiendo su lógica, ¿por qué afirmar que los escritores deberían tener un imperativo moral frente a su sociedad, sino pasan de ser simples mercachifles?

Pero si MVLL quiere ser coherente con su ultraliberalismo, debería demandar que en el sacrosanto mercado todos los productos puedan competir en igualdad de condiciones, lo que desgraciadamente no es así. La gran producción fílmica norteamericana es de presupuestos multimillonarios, inalcanzable incluso para cinematografías como la francesa, alemana y japonesa. Viene acompañada de una parafernalia publicitaria, y como si todo esto fuera poco, imponen el monopolio de sus productos sobre gigantescos mercados de distribución y exhibición. Por ello los franceses hablan de un “dumping cultural sin precedentes“, ya que la producción americana termina imponiéndose por W.O. sobre el resto  de las cinematografías. Como anota Marcello Gullo en un reciente artículo reproducido en la revista (11/10/93) “la producción americana representa entre el 75% y 80% del mercado europeo del cine y entre el 55 y el 60% de las películas difundidas por la televisión. Los Estados Unidos exportan por un valor de 3,7 mil millones de dólares en películas programadas para televisión, telecable y video hacia Europa, lo que convierte al producto audiovisual como el segundo sector de exportación después del aeronáutico”.

Para el autor de La guerra del fin del mundo, la lucha por la “excepción cultural” sería ir en contra de la modernidad, porque la desnacionalización de las industrias audiovisuales es un proceso que ya ocurrió y es una realidad irreversible tanto en Francia como en Estados Unidos. ¿A cuánto ascienden los capitales franceses invertidos en la producción, realización, comercialización de películas para cine, video y televisión fuera de Francia, especialmente en Estados Unidos? A sumas ciertamente enormes, que, debido a la globalización actual del mercado financiero y empresarial, es tan difícil detectar como los capitales de origen estadounidense que ya operan dentro de las industrias audiovisuales de Francia”.

Que el mercado financiero y los capitales se internacionalizaron en los últimos años, incluido en el  rea audiovisual, es un hecho innegable (es el caso de las inversiones japonesas en USA). Pero de ahí a suponer que existe una especie de universal cinematográfica por encima de todas las cinematografías nacionales, hay un abismo (salvo que se piense que los Estados Unidos representan a todo el cine mundial).  Por eso el llamado de los franceses, y otras naciones europeas, a defender su industria audiovisual, no por motivos autárquicos o chauvinistas, sino, por el contrario, como forma de preservar su identidad cultural para insertarse en el mundo contemporáneo, globalizado y dependiente de los medios de comunicación. Es el caso también de Japón o la India, que pese a quien le pese, se han negado a abrir indiscriminadamente sus gigantescos mercados audiovisuales.

NO SOLO FRANCIA ESTA EN LA MIRA

Pero se equivocan quienes creen que la puntería de Vargas es sólo contra los franceses. El escritor cierra su reflexión sobre la modernidad planteando que “la internacionalización de la economía es un hecho imparable y oponerse a ella es una quimera, tratándose de un país moderno y avanzado. Sólo pueden rehuirse a ella sociedades primitivas y atrasadas, y a condición de mantenerse en ese estado para siempre”.  En otras palabras, que los franceses son lo suficientemente modernos y avanzados para seguir oponiéndose al libre mercado cultural,  frente a esas salvajes naciones tercermundistas  (¿tal vez el Perú?).

Esto nos lleva a un asunto más local, pero no por ello ajeno al tema. Resulta que desde fines del año, dentro de la política neoliberal que impulsa el actual gobierno, se derogaron los artículos principales de la Ley de Cine, que durante veinte años permitió la producción de largos y cortometrajes, muchos de los cuales fueron exhibidos en distintos países, recibiendo distinciones internacionales (incluido La ciudad y los perros).

Frente a esta medida, los cineastas peruanos no arriaron banderas, ni se colgaron arogar las dadivas de papa Estado, sino que buscaron un acuerdo con los exhibidores nacionales que permitiera la difusión de los cortos y largos nacionales. Pero cuando el convenio estaba listo y a punto de ejecutarse, aparecieron los distribuidores norteamericanos amenazando con boicotear el mercado local, y negándose a cualquier tipo de acuerdo que cuestionara su control monopólico sobre las pantallas peruanas.

Los cineastas buscaron entonces que se promulgara una nueva Ley que les permita  acceder a sus pantallas, asegurando estabilidad y continuidad para la producción audiovisual, sin estar sujeta a los vaivenes de los gobiernos de turno. El proyecto, que actualmente se encuentra a punto de ser dictaminado por una Comisión del Congreso, ha recibido la abierta oposición de los representantes locales de los distribuidores norteamericanos y del actual Encargado de Negocios y Embajador interino de los Estados Unidos en el Perú, Charles Brayshaw, quien con poca diplomacia envió una misiva al CCD manifestando que la promulgación de esta Ley podría poner en riesgo la inversión norteamericana en el país.

Que el propio representante del gobierno norteamericano intervenga en un tema tan domestico -y por una plaza tan pequeña y deteriorada como la peruana- puede parecer desmesurado, pero en realidad lo que esta defendiendo es un principio de prerrogativa monopólica, porque como ha sido señalado por distintos funcionarios y representantes de las distribuidoras norteamericanas, lo que esta en juego con la nueva Ley de Cine es evitar que se consagre un precedente internacional que pueda poner en cuestión el control que el cine norteamericano tiene a nivel mundial. Un control exclusivo y excluyente de la industria audiovisual, que es la negación de esa quimérica globalización e internacionalización anunciada por Vargas Llosa, y que existe en el reino de la ficción, mas no de la realidad.

(1) Reproducido en El Comercio (18/10/93), en Las negociaciones del GATT en materia Audiovisual (Dossier de prensa editado por Unión Latina – Enero 1994) y en Desafíos a la Libertad. (Editorial PEISA 1995 – Lima/Perú)

(*) Publicado en la pagina editorial de La Republica (23-25/10/93) y reproducido en Unión Latina, op. cit.

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